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2014-03-21T22:16:47+01:00

Disertaciones sobre la derrota

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo

[TODA LA NOCHE SOÑÉ CON UN TIGRE]
toda la noche soñé con un tigre
que amenazaba con despedazarme
y yo cerraba puertas y más puertas
atrancándolas con mi sola desesperación
mientras oía una voz que me decía
“deja entrar al tigre
déjalo entrar
no es sino la realidad”
Isabel Fraine.

Lo más difícil de una guerra es admitir la derrota. Todo en un principio parece magnánimo, esencial, coherente, antes de que llegue la derrota todo parece estar conectado y bien armado, todo bajo control. La derrota es un animal hambriento que nos toma por sorpresa. Al principio parece que podemos huir de sus fauces, escondernos en un lugar seguro y esperar a que su hambre sea satisfecha por otro; luego con el pasar del tiempo nos damos cuenta que la derrota no sólo es un animal hambriento que nos devora las entrañas, además es un animal capaz de lograr en nosotros una metamorfosis: nos transformamos en el propio animal hambriento del que huimos, insaciables, inquietos, diferentes. Entonces la bestialidad se convierte en la herramienta más certera y más inteligente para afrontar la derrota, pues es más fácil huir de la razón que nos obliga a un enfrentamiento con el fracaso, que continuar mostrándonos hambrientos por algo que ya nunca más va a poder saciarnos.


No obstante, es necesario que nos preguntemos ¿qué es la derrota en el marco de la guerra? ¿Qué forma tiene este animal hambriento y desconocido que nos asecha? ¿Estar derrotado es una cuestión de bandos y banderas? ¿Es una decisión personal? O ¿Es verse reducido a un sujeto de guerra? Para responder estas preguntas es fundamental tener en cuenta la obra Los girasoles ciegos y la película Pan negre.

La derrota como una cuestión de bandos y banderas parece simple, únicamente hay que mirar los colores que se izan en cada esquina de un país y la cuenta parece dada. De manera que pertenecer al otro bando cuyas banderas son quemadas, cuyos discursos son censurados es pertenecer a los fracasados. En el caso de Los girasoles ciegos la “tercera derrota: 1941” expone muy bien lo que significa estar del lado de los perdedores, gracias a Juan Serna sabemos que los colores de la derrota son capaces de opacar los colores de la ideología, hasta el punto que es mejor mentir y darle el valor de un héroe a un delincuente común, que dormir sintiendo cada vez más cerca el día en que no habrá mañana. “El sargento Edelmiro no pudo oír cómo Juan Serna les contaba a los padres de Miguel Eymar lo sencillo y espontáneo que era su hijo. Su carácter indómito y el arrojo que demostró al negarse a huir de Madrid cuando todo se puso en su contra. No pudo oír las historias que urdió Juan Serna ante aquella madre cuyo rostro se iluminaba en la medida en que los fósiles de la mentira sustituían la atrocidad de los hechos. (Méndez 92, énfasis mío). En este caso Juan Serna se manifiesta en contra de la derrota mintiendo sobre un hombre al que conoció, lucha por tener más tiempo en la celda, lucha para que su nombre no sea gritado en los pasillos anunciando su condena, y además, Juan serna nos demuestra que siendo prisionero de guerra la derrota deja de ser sobre política o ideales, porque se transforma en el no poder recordar, no poder ser, la derrota nos convierte a todos, indiscriminadamente, en “cadáveres informados”.

Juan Serna en medio de las condiciones inmundas a la que está sometido, el silencio de sus compañeros, y sus pobres intentos por escribirle a su hermano encarna la derrota que se convierte en una carencia absoluta de afecto y humanidad. “Las vidas larvadas en las prisiones reconstruyen con tal urgencia un historial de afectos, de recuerdo agolpados en el tiempo, que los propios presos se sorprenden de que, para generar los afectos anteriores, los de afuera, se necesita toda una vida vivida intensamente. Pese a ello, Juan se horrorizó al pensar que, si no estuviéramos en la tumba, terminaríamos por amar a los gusanos.” (97).

Al final Juan descubre que aferrarse a una vida semejante no parece tener ni valor, ni sentido, su derrota consiste en ver a su amigo a puertas del fusilamiento, la esperanza se aleja junto al camión que lleva a su compañero de las liendres. Ni siquiera el idioma que se presenta en sus sueños con el que intenta darle un nuevo sentido a su derrota le permite continuar con su mentira. Juan muere por decir la verdad al coronel Eymar y a su esposa. Muere cuando finalmente logra comprender lo que se decía en sus sueños. “He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos.” (98).

Cuando el estar derrotado está ligado a una cuestión personal puede llegar a ser una carga más pesada que el hecho de perder una guerra. La derrota del sujeto implica un vacío, un no-lugar que lo acompañará siempre en tanto viva; no obstante, este tipo de fracaso les otorga a los individuos una inclinación mayor hacia la esperanza; pero cuando las cosas se vienen abajo la sensación de pérdida puede llegar a ser irreparable, y sus consecuencias son determinantes. En la película Pan Negre la batalla que se emprende en contra de la derrota es ardua. En un comienzo el papá de Andreu es un ejemplo clave sobre los ideales que se deben mantener ante todo, y sobre la resistencia que surge a pesar de las circunstancias apabullantes; un hombre que hace las de maestro y padre simultáneamente es el mismo que más adelante se revela como un asesino inescrupuloso, por lo menos para Andreu, que se preocupaba más por el dinero que por todos los principios que decía tener.

La verdad sobre su familia transforma a Andreu en otro que es irreconocible para el espectador en contraste con el niño al inicio de la película. El niño dejó de ser el creyente fervoroso de su familia, el silencioso que no se atrevía a discutir sobre lo que ocurría a su alrededor para convertirse en un hombre indiferente, que ha dejado atrás los ideales que le enseñó su padre y desprecia a su madre cuando llega desde los rincones de su pasado a recordarle de donde viene. En una entrevista a Jorge Semprúm de 1994 hecha por Sol Alameda, el escritor español nos habla sobre cómo los ideales nos hacen más fuertes frente a las dificultades, lo que en un principio sostiene la vida de Andreu, pero que pueden terminar siendo un arma de doble filo: “El creyente y el comunista era el que mejor aguantaba, mucho mejor que el agnóstico y el escéptico. Y es triste porque éstos son personajes mucho más simpáticos. Pero eso es en la vida normal. En situaciones de emergencia resiste mejor el que tiene un ideal. Aunque luego descubra que todo es una farsa.” Esta pueda ser la razón por la cual los padres de Andreu nunca le dijeron la verdad sobre sus fechorías al niño, pues sabían que la resistencia del niño frente a los obstáculos que tuvieron que sobrellevar sería mayor, en cambio, si le hubieran dicho lo que realmente pasaba Andreu no se habría aferrado a la vida con la misma intensidad. Al final la familia entera acepta su derrota: el padre muerto, traicionado por la familia que lo incitó al crimen, la madre completamente sola cargando con el peso de la responsabilidad, además de los reproches de su hijo, y Andreu que ha dejado atrás su infancia, el saberse hijo de la derrota lo inmoviliza, pretende transformarse en un hombre sin pasado.

Por otra parte, Los girasoles ciegos en su “segunda derrota: 1940” también nos muestra una derrota personal, pero a diferencia de Pan negre esta derrota hace que el mundo alrededor de Eulalio se desvanezca por completo, se arrasa con toda esperanza, incluso de vida; la derrota deja de ser individual y este hombre absolutamente lleno de tristeza y desolación embarga de fracaso a su bebé y le niega un porvenir sellando su destino con la muerte. Este hombre que ve a su esposa muerta al lado de su hijo recién nacido, no sólo se sabe derrotado por una pérdida que deja en él un sentimiento de permanente desasosiego, sino que es una derrota que implica bajar la cabeza y darse por vencido, entregarse a la muerte. “Elena ha muerto durante el parto. No he sido capaz de mantenerla a este lado de la vida. Sorprendentemente el niño está vivo. Ahí está, desmadejado y convulsivo sobre un lienzo limpio al lado de su madre muerta. Y yo no sé qué hacer. No me atrevo a tocarlo. Seguramente le dejaré morir junto a su madre, que sabrá cuidar de una alma niña y le enseñará a reír, si es que hay un sitio para que las almas rían. Ya no huiremos a Francia. Sin Elena no quiero llegar hasta el fin del camino. Sin Elena no hay camino.” (40).

Así pues, cuando la derrota nos transforma en seres inertes, incapaces de cambiar el destino lo correcto, según este capítulo de Los girasoles ciegos, es continuar de la mano con ese fracaso y sucumbir ante el dolor. Eulalio se encuentra en un camino sin salida debido a que su vida, Elena, ya no lo acompaña. Esta derrota en especial nos invita a la deshumanización, cada tramo en que el esposo de Elena se encuentra con una leve idea de reconciliación, de un renovado deseo de un porvenir; regresa a su derrota con la cabeza gacha y sin ánimo de retorno a la vida. “Ayer enterré a Elena bajo un haya. Es más frágil que el roble y más desvencijada. El ruido de la tierra cayendo sobre su cuerpo rígido y el olor de su cuerpo en descomposición provocaron en mi un llanto tan sofocante que por un momento tuve la sensación de que también yo iba a morir. Pero morir no es contagioso. La derrota sí. Y me siento trasmisor de esa epidemia. Allá adonde yo va ya olerá a derrota. Y de derrota ha muerto Elena y de derrota morirá mi hijo al que todavía no he podido poner nombre.” (45, énfasis mío). Con esto, el hombre viudo se rehúsa a seguir el legado de la derrota con su presencia, la del cadáver de su esposa o su hijo de unos días de nacido, se rehúsa a continuar propagando la cosecha de la guerra que culminó por dejar a su familia incompleta; él no quiere ser testimonio del fracaso intentando continuar con su plan de ir a Francia, prefiere ser testimonio de una derrota consensuada, la que acepto con estoicismo, y es por eso decide escribir un diario.

En su intento por preservar una memoria de sus últimos días él admite que su recompensa será el ser leído póstumamente: “siento cierto placer morboso pensando en que alguien leerá lo que escribo cuando nos encuentren muertos al niño y a mí.” (46). Este hombre que en la guerra se limitó a escribir poemas y a consolar heridos con lírica, se encuentra ahora en un espacio de posibilidades mínimas que lo obligan a decidir teniendo en cuenta que será el resto de su vida una víctima de la guerra. Frente al hambre de su hijo, la posibilidad de ser atrapados y el frío inclemente el viudo de Elena lucha un poco por vivir; sin embargo esa lucha parece estar resignada a la derrota, al igual que el proceso escritural se va agotando lentamente, el papel se acaba, al cuaderno le queda poco espacio. “Tengo la sensación de que todo terminará cuando se termine el cuaderno. Por eso escribo sólo de tarde en tarde. Mi lápiz debió de perder la guerra y probablemente la última que escribirá será <melancolía>.” (56).

Eulalio ha dejado que la bestia insaciable se lo devore por dentro, la bestia de la derrota está personificada por su hijo esquelético y enfermo, por sus intentos inválidos por alimentarlo, por su esposa muerta en el patio y por su cuaderno lleno de pensamientos de un muerto que ha sido transformado en anécdota de guerra. El padre de Rafael queda a puertas de una bestialidad que lo desfiguraba, lo único que lo mantenía cuerdo y algo humano era el poder escribir, por lo demás parece debatirse entre salvar a su hijo o dejarlo morir. Sus intentos por alimentarlo con lo que pueda encontrar parecen apuntar a lo primero: “El niño está enfermo. Casi no se mueve. He matado la vaca y le estoy dando su sangre. Pero apenas logra tragar algo. He hervido trozos de carne y huesos hasta hacer un caldo espeso y oscuro. Se lo estoy dando disuelto en agua de nieve. Todo huele, otra vez, a muerte.” (54). No obstante lo que escribe en su cuaderno señala que lo que realmente desea es lo segundo, dejarlo morir y luego seguirlo. “Que muera yo puede ser justo, porque sólo he sido un mal poeta que ha cantado la vida en las trincheras donde anidaba la muerte. Pero que muera el niño es sólo necesario.” (52).

Finalmente, la derrota acaso tendrá que ver con la reducción del sujeto a la guerra, bien sea como vencedor o bien sea como vencido, el sujeto queda inevitablemente conectado a un suceso histórico que los va a aislar el resto de sus días. La derrota de estos consiste pues en el permanecer determinados y definidos por la guerra. Los girasoles ciegos en su “Primera derrota: 1939” y su “Cuarta derrota: 1942” nos habla sobre cinco personajes que ligados a la guerra viven intentando sobrellevar esta nueva identidad que los ata para siempre a la bestia desconocida.

En la primera derrota nos encontramos con un hombre que sólo sabe de la guerra lo que ha oído mientras hace el inventario de su barco, el capitán Alegría no conoce que es la sangre del enemigo derramada en la lucha o el ajetreo de los compañeros preparándose para la emboscada. Lo que conoce el capitán Alegría son sus ideales, los mismos que lo conducen a entregarse al ejército enemigo, a llamarse a sí mismo “un rendido”. Él sabe que su identidad ha quedado aprisionada por un comportamiento determinado, por el color de una bandera, el estar en el ejército de los republicanos y rendirse a pesar que conocía que ganarían la guerra parece injustificado; pero conocemos sus razones a medida que nos lo van presentando. “<>" (28). Entonces podemos concluir que la derrota del capitán Alegría consiste en la destrucción del otro que él no concibe como una ganancia, más bien es una atrocidad que no permite que la victoria sea honorable, que el ejército republicano merezca tener el poder en sus manos.

Finalmente él se suicida luego de sobrevivir al fusilamiento, pues de vivir quedaría marcado con la cicatriz de la guerra, sería un muerto en vida que ya no puede olvidar las atrocidades vistas de las que el también participó (así fuera con muy poca actividad). “<Preguntando acerda de si son las gloriosas gestas del Ejército Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos entonces ganar la guerra al Frente Popular.<< <<Preguntando que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos.>.” (29).

En la cuarta derrota hay una familia que se ve obligada a guardar silencio, resignados a la derrota de verse reducidos a las cuatro paredes de su casa, pues si bien tienen una vida privada feliz su vida pública es un ardid de mentiras que los mantiene confinados al aislamiento. “En casa vivíamos una complicidad parlanchina, en la calle vivíamos un bullicio silencioso.” (121). La familia conformada por un niño, sus padre y una hermana desaparecida está fragmentada por la guerra que terminó devastándolos. La madre tiene que fingir que es viuda porque se esposo tiene ciertas inclinaciones políticas que iban contra el régimen republicano, el niño niega que su padre esté vivo y se esconde en el armario, y ambos están desprotegidos.

Lorenzo, Elena y Lorenzo Jr. no se encuentran en medio de la guerra, pero tienen que vivir conforme a los parámetros de ésta; es decir, que la guerra en la casa de ellos no se ha marchado la guerra, al contrario, se instaló para siempre en medio de su rutina, los transformo en seres silencioso, personas que viven en las sombras de los secreto. Día y noche sus movimientos están calculados para que esa guerra no trastoque su quietud, la verdad es que tal quietud es inexistente y la guerra convive a diario en medio de esta familia. “No habían víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.” (130).

Finalmente la bestia famélica de todos los relatos los alcanza, la derrota será representada por el padre Salvador que es además personifica el discurso de los ganadores; sin embargo, la verdadera naturaleza del profesor de Lorenzo se asemeja más a la de los derrotados, porque convive con un personaje que no es realmente él. Entre sus confesiones asegura que el incidente con Elena solo era un camino de Dios para mostrar lo que en verdad ocurría al interior de la casa, no obstante el lector conoce el vacío típico después del fracaso en las palabras del profesor de Lorenzo. “Toda la satisfacción que me produjo durante tres años formar parte de los elegido para encauzar el agua estigia, toda la gloria se fue convirtiendo poco a poco en un fracaso: fracaso al cambiar mi sotana por el uniforme guerrero, fracaso por ocultar la altivez del cruzado tras la arrogancia de la gleba, fracaso por disfrazar mi vocación bajo la sedición de una concupiscencia incontenible y fracaso, al fin, por ignorar que aquello que quería seducir me estaba seduciendo.” (146). De modo que el padre Salvador no pertenece a ninguno de los dos bandos, no es un buen diácono porque intenta abusar sexualmente de Elena, pero no sería un buen miembro del partido Popular porque concibe el futuro de España sólo en términos de alianzas con la Iglesia. El padre Salvador está derrotado de múltiples maneras.

En conclusión, la derrota no puede caracterizarse únicamente con mecanismos de la guerra, al contrario, la derrota -como ya se ha dicho al inicio de este ensayo- es un animal que te ataca por sorpresa y una vez te tienen en la mira no hay lugar a escapatorias. Las víctimas de la derrota se transforman en nuevos animales desconocidos, “la derrota es contagiosa” y no hay dudas que una vez se halla saboreado el fracaso no habrá forma de regresar atrás. “Estoy desorientado como los girasoles ciegos. A pesar de que hoy he visto morir a un comunista, en todo lo demás, padre, he sido derrotado (…) (105).

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